lunes, 30 de mayo de 2011

No. 2 Levántate, vámonos

Levántate, vámonos

Basado en el Libro de los Jueces, capítulo 19



 Sé de infamias, amigo mío, pero esta sobrepasa toda consideración. El levita de Efraín sólo dijo: “levántate, vámonos.” Acto seguido, descuartizó a su mujer y diseminó sus miembros por todos los rumbos. Conozco la sangre fría, he visto cosas horribles durante mi vida, pero este levita rompe todos los esquemas. ¿Sientes repugnancia? Sabes, la cosa no es para menos. Uno se pregunta cómo puede caber tanta maldad en una cabeza y, más aún, cómo es posible invocar a favor de la justicia actos tan brutales. ¿Será que la justicia es ciega? ¿Tan ciega, sorda y muda como el Dios? Sí, entiendo que no es lícito culpar a Dios de nuestras faltas. En ocasiones los creyentes utilizan esta máxima como si se tratara de un riguroso argumento, pero las más de las veces dejan el devenir del mundo en manos de Dios. Sea su voluntad, dicen. Sin duda tiene más culpa el levita que los violadores; el Señor, alabado sea, nada tiene que ver con esto. Lo que no se entiende, querido amigo, es cómo actos tan infames forman parte de planes tan divinos. Puede que el hombre sea malvado por el efecto del pecado original, y que por esta razón desvíe su camino. Concedo también, según postulan los creyentes, que matar sólo es pecado si la víctima es un inocente. Ahora bien, ¿cómo cabe la muerte de un inocente en los planes de Dios? Pensemos en los niños asesinados de Judea o en los primogénitos de Egipto. ¿Será, como dice san Agustín, que Dios, sin ser origen del mal, puede permitirlo si de ello obtiene un bien? Dicho en términos más simples, ¿no hay mal que por bien no venga? ¿Alguien es capaz de revelarnos el misterio? ¿Quién podrá explicar esta y otras muertes de inocentes? No faltará, entre las filas de los grandes dogmáticos, quien se atribuya el poder de comprender lo incomprensible, de entender con finita inteligencia lo que resulta absurdo en grado infinito; en suma, de hablar por Dios. Si pensabas que Dios no era mudo, ahora que descubres la necesidad de que alguien hable por él, ¿te das cuenta de la incongruencia? Aquí hay gato encerrado. Por mi parte, prefiero el salto al vacío.

Hace mucho tiempo tuvieron lugar los horribles acontecimientos que ahora te comento. Un levita había tomado por mujer a una joven de Belén. Pensarás que los levitas no son cualquiera cosa, pues, entre las tribus, la de Leví tiene una misión sagrada, y uno no puede ni debe tomarse las cosas sagradas a la ligera. Tienes toda la razón. Además, todos conocemos los poderes de Dios. De acuerdo, todos sabemos, si lo prefieres, lo que son capaces de hacer los hombres que hablan por Dios. ¿Mejor? Mucho antes de estos hechos, Leví, fundador de la dinastía (si así se le puede llamar a la tribu) y Simeón, su hermano, dieron muestras de excelsa justicia cuando asesinaron al violador de Dina. Como ves, la tradición justiciera entre los levitas no era ninguna novedad. El viejo Jacob se lamentó, pero nuestros impetuosos chicos replicaron: “Eso no se hace”. Hasta aquí, el dúo dinámico va ganando todas nuestras simpatías. No obstante, cabría preguntar qué quisieron decir Simeón y Leví con la frase “eso no se hace”; qué significa “eso”. Ya sé, cualquier persona normal tiene la capacidad natural para discernir el bien y el mal, pero mi cuestionamiento no es tan elevado como crees. No me refiero a un tópico de ética general, sino a una cuestión concreta. Leví y Simeón expresaron su indignación con la frase “eso no se hace”. Pues bien, ¿qué es “eso” que no debió ni debe hacerse? Andar por ahí violando a las hijas de los vecinos, diría cualquier hombre sensato a propósito de esta historia. No. La ofensa residía en el deshonor que implicaba el que un hombre incircunciso se uniera a una mujer perteneciente a una familia de circuncisos. Los excedentes de piel, no es necesario mencionarlo, siempre han sido un terrible problema para la humanidad. La verdad de las cosas es que el agresor, Siquén, hijo del rey Jamor, se había prendado de la muchacha y estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de obtenerla por mujer, de modo que accedió sin mayores complicaciones a cumplir la extraña petición de los hijos de Jacob. No solo él y Jamor, sino además sus súbditos, se circundarían para formar con la casa de Israel un solo pueblo. El arreglo parecía razonable. Después de todo, el joven violador estaba enamorado de Dina. ¿Qué más se podía hacer? Es mejor un buen arreglo que un mal pleito, ¿no crees?
Pero Leví y Simeón pensaron otra cosa. Es muy fácil confundir la justicia con la venganza. Todos los humanos hemos tenido esta dificultad en algún momento de nuestras vidas. ¿Quién puede decirse victorioso? En fin, aprovechándose de que todos los hombres de Siquén convalecían y sufrían los dolores de la circuncisión, Simeón y Leví irrumpieron en la ciudad y no dejaron vivo a un solo varón. El pillaje y los destrozos nada tuvieron que ver con la justicia. “¿Es que iban a tratar a nuestra hermana como una prostituta?”, respondieron a las amonestaciones paternas. Pero dejemos a un lado a Leví y a Simeón. De ellos ya hemos tenido suficiente.

Un levita se había instalado en los alrededores de la montaña de Efraín y, anticipándose a las palabras que mucho tiempo después diría el de Tarso (“No obstante, digo a los solteros y a las viudas: Bien les está quedarse como yo. Pero si no pueden contenerse, que se casen; mejor es casarse que abrasarse...”), tomó por mujer a una muchacha de Judá. No sabemos si esta mujer era hermosa, ni si sus pechos blancos y suaves estaban coronados por pezones que harían pecar al más santo, o si su cuerpo húmedo y frágil emulaba la perfección de la creación, ni mucho menos si sus ojos castaños, quizá verdes, eran la ventana hacia lo Infinito. Menos aún sabemos de su pubis, el cual será hasta el fin de los tiempos un dulce y perfumado misterio. Así las cosas, no tenemos otra opción que dejar libre nuestra imaginación. Eso sí, hay que suponer razonablemente que esta mujer de Judá era bella, lo suficiente como para cambiar las costumbres y volver locos a unos cuantos. Y eso ya es bastante.
Quién iba pensar que una desavenencia doméstica, de la cual no tenemos noticia, sería el preámbulo de la desgracia. No que fuese la causa, pues sabemos que la simple antelación de un suceso no necesariamente constituye la causa de un segundo fenómeno. Todos sabemos que el día antecede a la noche, y no por ello decimos que el primero sea causa de la segunda. El desacuerdo entre el levita y la mujer únicamente constituye el principio. La causa de la tragedia hemos de buscarla en otro sitio. En lo que se me ocurre algo no puedo evitar mirar hacia las estrellas. La noche es fría y majestuosa. Es el manto de Dios. Ahora bien, dudo que una estrella haya tenido algo que ver con todo esto. Tienes razón, no en llamarme sarcástico, sino en subrayar la conveniencia de precisar los hechos antes que indagar sus causas. Ojalá los filósofos y los teólogos tuvieran esto muy claro. Por algún motivo que ahora no interesa, decía, la mujer se enemistó con el marido, o, si lo prefieres, el marido se enemistó con la mujer. En todo caso, la mujer regresó con su padre, a Belén. No sé si ya mencioné que la casa de Judá es la casa del Mesías. Tal vez no, pero tienes razón, el Mesías no viene al caso en este momento. Sea lo que sea, el desacuerdo entre el levita y su mujer debió haber sido grande, tanto como para que ella permaneciese en casa del padre por cuatro meses. Ahora bien, los confines de la montaña de Efraín no se caracterizan por la abundancia de mujeres, de modo que resulta razonable pensar que el levita, más temprano que tarde, debió ceder a las exigencias del cuerpo. Pablo tenía razón, ¿no crees? ¿Qué podía hacer? No Pablo, ¡por Dios!, me refiero al levita. Exacto. Ir por su mujer, o, como dicen algunos, ir a por su mujer. En fin, cuando el levita llegó a Belén, su suegro estaba feliz. Eran otros tiempos. Una mujer devuelta no era ninguna honra, además las cosas no estaban como para sufragar más gastos. El suegro congratulado invitó al yerno a permanecer en Belén unos días, pero el levita no pareció muy complacido con la idea. ¿Por qué? Podemos suponer, en el mejor de los escenarios, que sus quehaceres en la montaña de Efraín no admitían demora, o, en el peor, que le resultaba difícil unirse a su mujer en una casa que propiamente carecía de habitaciones. Uno, dos, tres días, fueron tiempo más que suficiente. El levita estaba desesperado. Cada día el suegro insistía, y cada día el yerno buscaba pretextos para escapar, hasta que no pudo más. La madrugada del quinto día el levita y su mujer estaban listos para partir, pero el suegro de nuevo se los impidió y se buscó la manera de que la pareja permaneciera hasta bien entrada la tarde. Entonces la paciencia del levita se esfumó y partió a la caída del sol sin hacer consideraciones sobre los riesgos que correrían. Si hubiera sabido lo que le esperaba, se habría quedado a vivir con su suegro. Sabes, la visión del futuro sólo es posible para un ser que está fuera del tiempo, y nosotros, simples mortales, no somos más que entes históricos. El levita, su mujer, un criado y dos asnos. Esta era la caravana que emprendió el viaje. Pronto las tinieblas los envolverían.
Los viajeros llegaron hasta Jebús. A pesar de los ruegos del criado, el levita no quiso buscar refugio en la ciudad, pues desconfiaba de los extranjeros. Seguirían hasta Guibeá, donde, alabado sea el Señor, encontrarían posada. Después de muchas vicisitudes y contratiempos, por fin llegaron a la ciudad. Se acercaron a la plaza pero, dada la hora, no encontraron a nadie que pudiera ofrecerles alojamiento. Habiendo perdido toda esperanza, el levita se dispuso a pasar la noche en la plaza, en medio del frío y la ventisca. Por fortuna, así lo creyó, Dios no lo iba a dejar desamparado. Al poco tiempo llegó un anciano. Tras las debidas presentaciones y formalidades, ofreció refugio a los viajeros y los condujo hasta su casa, a las afueras de Guibeá. Los asnos del levita estaban bien cargados. No podía faltar vino de buena calidad. Así pues, una vez que comieron, los dos hombres bebieron para alegrarse el corazón hasta altas horas de la noche. En esta vida todo tiene límites, incluso el amparo del Ilimitado. ¿Cómo? Los habitantes de la ciudad observaban costumbres parecidas a los antiguos habitantes de Sodoma y Gomorra. En efecto, te has dado cuenta, cualquiera lo haría, de que este relato presenta similitudes con la historia de Lot. Los habitantes de Guibeá eran tan perversos como los de Sodoma, el anciano que ofreció refugio al levita era un forastero en aquella ciudad, todo ocurre bajo la espesa oscuridad de la noche. Pero aquí no habrá ángeles salvadores. Este relato, a diferencia del Lot, ha de terminar en tragedia. Los hombres estaban muy contentos bebiendo, ambos más allá del bien y del mal en lo que al alcohol se refiere, cuando los habitantes de la ciudad llamaron ruidosamente a la puerta. “Haz salir al hombre que ha entrado en tu casa, para que lo conozcamos”, dijeron. ¿Acaso no podían conocerse a primera hora en la mañana? Las palabras siempre contienen más de lo que expresan. Por lo menos en las traducciones castellanas de la Sagrada Escritura, el verbo conocer no solo implica el acto que perfecciona al intelecto, sino también, abundan los ejemplos, se refiere al acto sexual. Así, encontraremos en varias partes que tal o cual mujer “no ha conocido varón”, lo cual no significa que ignore la dualidad sexual existente en la raza humana, sino que, precisamente, no ha tenido relaciones sexuales con un hombre. Así las cosas, los habitantes de esta malvada ciudad llegaron hasta las puertas del anciano y exigieron conocer al extranjero. Supongo que el levita estaba al tanto de la terminología, de otra forma no se hubiese asustado tanto. En fin, la cortesía, afirman quienes entienden del asunto, no debe perderse nunca, por adversa que sea la situación. Por eso el anciano, celoso hasta el extremo de sus deberes de anfitrión, dirigiéndose a los intrusos dijo: “No, hermanos míos; no os portéis mal. Puesto que este hombre ha entrado en mi casa no cometáis esta infamia”. Hasta aquí todo va muy bien. El viejo se ha ganado nuestro apoyo. Después de todo, muchos confiamos en que la razón y la verdad prevalecerán. No obstante, lo que sigue nos dejará con la boca abierta: “Aquí está mi hija, que es doncella. Os la entregaré. Abusad de ella y haced con ella lo que os parezca; pero no cometáis con este hombre semejante infamia”. Imagina a la pobre muchacha oyendo la insensatez de su padre, muerta de miedo, esperando lo peor. Como si abusar de una pobre mujer no fuese infamia alguna. Si la intrusión de un miembro incircunciso es abominable en situaciones, digamos, normales, ¿qué se puede esperar de semejante aberración en situaciones anormales? Y aquí la palabra anormal, con tu perdón, significa más de lo que expresa a simple vista si tenemos en consideración las tres primeras letras del vocablo. No te enfades, querido amigo. Evitaré este tipo de detalles. Ahora permite que prosiga. Pues bien, como era de esperarse, los malvados habitantes de la ciudad rechazaron la generosa oferta del anciano (después de todo, a lo mejor no eran tan perversos como suponemos) y, violencia inminente, se dispusieron a satisfacer sus deseos. Pero, como decía hace poco, la cortesía, querido amigo, debe prevalecer ante cualquier circunstancia. Por eso el levita, no deseando causar problemas a su amable anfitrión, tomo a su mujer y se la dio a aquellos hombres. Los felones estuvieron satisfechos, pues la mujer era joven y de buen ver, muy probablemente de mejor ver que la hija del anciano. Así pues, “ellos la conocieron.” Ya sabemos lo que significa esa palabra en el actual contexto: “la maltrataron toda la noche hasta la mañana y la dejaron al amanecer.” Lo cual, en buen cristiano quiere decir que abusaron de ella tumultuariamente, que la violaron una y otra vez hasta que se cansaron y sus alevosos sexos quedaron exangües.
Una historia horrible, ¿no crees? Pero lo espantoso de la historia apenas está por comenzar. Veo que estás indignado. Cualquiera lo estaría. Pero déjame contarte cómo acabó el asunto. Una vez que la mujer fue llevada a no sé dónde, el levita y el anciano se fueron a la cama y durmieron. Ahora dime tú, quién demonios podría dormir en semejantes circunstancias. De acuerdo, el sagrado texto no dice que se fueron a dormir, pero no hace falta ser sibila ni profeta para suponerlo, porque el texto dice que “Por la mañana se levantó el levita, abrió las puertas de la casa y salió para continuar su camino”, así, tan tranquilo. La pobre mujer, después de tan horrible tortura, logró llegar hasta la casa del anciano, y ahí quedó tumbada en el piso. Entonces la vio el marido, y ya sabes lo que dijo. ¿No lo recuerdas? Así empezó este relato. El levita dijo: “Levántate, vámonos”. La pobre mujer ni siquiera fue capaz de pronunciar palabra. La desgraciada estaba medio muerta, batida en lodo y sangre, llena de laceraciones, el sexo partido en pedazos, su belleza arrebatada, ida con el viento del Desierto, perdida en los misterios del Señor. ¡Qué cosa iba a poder decir! El marido la cargó y la subió a uno de los asnos. El anciano estaba tan bebido que ni siquiera salió a despedirse, de tal suerte que sólo el levita y el criado sabían que la mujer había sobrevivido. Para ser francos, dadas las sutilezas del honor y los códigos indescifrables de conductas, el levita hubiese preferido que su mujer muriera. Sabes, las cosas no siempre resultan del modo que uno las vislumbra, así que nuestro hombre comprendió su misión. Debía terminar el trabajo. Por eso cuando arribaron a casa, allá en la montaña de Efraín, el levita, tal vez siguiendo un antiguo patrón de comportamiento, tomó un cuchillo y se dispuso a desollar a su mujer, como si de un cordero se tratara. Por desventura no llegó un ángel en ese último momento para decir que todo había sido una broma. No. El hombre mató a la mujer y la descuartizó. Doce trozos. ¿Simbólicos? Tal vez. Sabemos de las doce puertas y las doce murallas de Jerusalén, de los doce apóstoles, de las doce tribus, de los doce profetas menores, de los doce frutos del árbol de la vida, de las doce estrellas de la corona de la mujer del Apocalipsis, y fuera del contexto bíblico, los doce meses del año, los doce dioses olímpicos, los doce signos del zodíaco y, por qué no, los doce caballeros de la mesa redonda. Ahora agregamos a esta lista los doce trozos descuartizados del cuerpo de la mujer del levita que fueron enviados por todo el territorio de Israel.

La situación ameritaba un acto de justicia, ¿no? No era para menos. Los israelitas vengaron el crimen y arrasaron a los habitantes de Guibeá. Sin embargo, el levita siguió tan tranquilo como aquella noche en que su mujer fue raptada. Seguramente pudo dormir sin remordimientos. La justicia del Señor es infalible. Ahora ya lo sabes, querido amigo. Si alguien te interesa, y tú sabes a qué interés me refiero, siempre podrás decirle que te gustaría conocerlo. Si ese alguien es lector de las Sagradas Escrituras, tu mensaje no encontrará ningún obstáculo. Y si acaso padeces un poco de insomnio, tal vez un acto de injusticia te ayude a superarlo.

lunes, 23 de mayo de 2011

No. 1 Guardia Suiza

Guardia Suiza relata las tribulaciones de un sacerdote frente al sexo. Fue publicado en la revista "Estudios" del ITAM. Derechos Reservados.

Foto del film francés "Léon Morin, prêtre", 1961



S
ofía comía mientras escuchaba a Pedro. En realidad se veían poco, si dejamos a un lado el contexto estrictamente teológico, y no por falta de tiempo o alguna otra razón trivial, cuanto por la demencia y los deseos que la hermosa mujer despertaba en las profundidades del sacerdote. Las sesiones bíblicas de los miércoles eran para él un infierno, y no únicamente por verse en la necesidad de repeler las embestidas tántricas y new-ageras de la joven -¡cómo un engendro así podía estar en el grupo de estudio bíblico!-, sino porque en una sola noche concentraba todas las erecciones de la semana. Tenía que ser obra del mismísimo Ángel Negro que los otros cuatro convidados hubiesen cancelado justo en el último momento.
-¡Hacer el bien y evitar el mal, principio fundamental de la ley natural!
-¿La ley natural?
-Axioma primero del orden moral. Evidente.
-Tendrás que explicarme con más detalle.
-El orden del universo nos revela que Dios existe, y que nada tiene que ver con esos impostores que frecuentas. Falsos profetas como ellos harían pensar, Dios me perdone, que el sacrificio de Cristo fue inútil. Míralo al pobre clavado en la cruz, falleciendo, expirando el último hálito de vida, sudando las iniquidades de la humanidad. ¡Qué sacrificio! ¡Y ahora estos dementes juegan al dios!
¿No había que hacer el bien y evitar el mal? ¿Qué podía tener de malo deleitarse en la alcoba, los dos desnudos, los dos explorándose, los dos lamiéndose los sexos con frenesí y devoción? Sofía pensaba que el intercambio de flujos era la mejor manera de liberar las malas energías que se acumulan en el cuerpo y en el alma. Quien lo hace se quita un peso de encima. Quien no lo hace se reprime. Por estas y otras razones, se decía, es necesario recorrer libremente el camino de la sexualidad. En caso de crisis, sexo. En caso de nerviosismo, sexo. A falta de sexo, sexo. Exceso de sexo, sexo -o, si se prefiere, ex-sexo-. Si de agotamiento se trata, sexo. Nada mejor para la inactividad que el sexo. El sexo cura los remordimientos, intensifica las alegrías, aplaca los dolores, libera las tensiones, matiza las pasiones, corrige los errores, estropea maravillosamente los aciertos. Sexo, sexo, sexo y más sexo. Quien siente dolor en el corazón, sólo tiene que abandonarse a él. Quien no tenga dolor en el corazón y desee tenerlo, pues también. Diría Sofía que este invento de Dios, acaso el mejor, es una especie de panacea. En cambio la represión siempre es tiranía, abuso de uno mismo y de los demás.
-Tanto abusa del sexo la ninfomaníaca...
-Como la virgen perpetua...
-¡Horror, horror!
-La primera por exceso, la segunda por defecto...
Ya lo decía Tomás de Aquino, ese gran artífice del edificio filosófico católico, basándose en Aristóteles: hay que buscar el justo medio. No se trata de sufrir ni de cometer injusticias, sino de ser justo. Tanto es despreciable el temerario como el cobarde. Es menester moderar los apetitos. ¿Y qué decir de la prudencia? Hacer lo que se debe en el momento que se debe, en el justo tiempo, no antes ni después, sin perder de vista, claro está, la vida como un todo: recta razón sobre el obrar total de un hombre que se dirige al fin último. Pero podría objetarse lo siguiente: si el universo está ordenado, y podemos descubrir dicho orden hasta en las más insignificantes criaturas, ¿no será contra natura reprimir hasta la flagelación nuestra dimensión erótica, que, a fin de cuentas, es parte de ese orden?
-¡Animal racional!
-¡Animal erótico!
-¡Racional!
-¡Erótico!
-¿Zoon erotikon? ¡No me hagas reír!
-Animal risible...
-¡Vaya! Tienes respuestas para todo...
-Racional, risible, pero principalmente erótico.
En efecto, Sofía tenía respuestas para todo. No es fácil hablar y convencer a una mujer que efectúa sus operaciones intelectuales al modo angélico, por tántrica que pudiera ser, menos aún si posee un semblante de turca misteriosa que por sí mismo sería suficiente para turbar a cualquiera. Sus ojos son capaces de penetrar las entrañas de quien la observe, hasta el punto de hacerlo sentir desnudo. Pedro experimentó esa extraña sensación. Bastó una mirada para que su alma quedara en evidencia. Odió dar razón al ya de por sí odiado Jean Paul, y se dio cuenta que, en efecto, una simple mirada puede ser el infierno. Sólo el hombre tiene intimidad, por eso es pudoroso, y cuando dicha intimidad es descubierta por otro, cuando se está verdaderamente desnudo ante la alteridad, entonces el hombre se ruboriza y siente la vergüenza de la existencia.
-Animal pudoroso...
-Animal obsceno...
-Animal religioso...
-Animal profano...
-Animal sagrado...
-Animal abominable...
-Hecho a imagen y semejanza de Dios...
-Creador de un Dios hecho a su imagen y semejanza...
Pedro sabía que el parentesco con la divinidad, esa imagen y semejanza, no podía ser antropomórfica (es decir, morfológica), sino espiritual. Si en algo se parece el hombre a Dios es en el espíritu. De alguna manera las operaciones del espíritu humano son análogas a las operaciones de Dios. Claro que el hombre es un compuesto, ya sea de esencia y acto de ser, o de materia y forma, o bien un compuesto de sustancia y accidentes, de potencia y acto, o cualquiera de esas dicotomías tomistas que llevan a uno a afirmar que el ser necesario, Ipsum Esse Subsistens, es, valga la tautología, necesario. No cabe duda: Dios existe y punto. Él es el Ser-en-sí y ha donado, cortesía de su infinito amor, el ser-por-participación a las criaturas.
-En las criaturas encontramos la huella del Creador.
-¿En todas las criaturas?
-En todas las criaturas.
No podía ser de otra manera. De hecho, la visión de Sofía era suficiente para atribuirla a sus padres como causa eficiente, pero a Dios como causa final, y sobre todo ejemplar. En lo que tocaba a la causa formal, no resultaba descabellado decir que ella era una verdadera diosa. Otra maldita erección. (¿Cuál será la causa material? ¿El falo? Joder, joder y más joder. La eficiente es, sin duda, la voluptuosidad ajena). ¡Pobre Pedro! El jugo de la espina se le ha puesto en movimiento. El semen es el principio activo que proporciona la forma, si hemos de creer las palabras del obeso Tomás. La madre proporciona sólo la materia. Máter, materia. ¡Qué cosas! La mujer es un hombre imperfecto. ¿Qué demonios le habrá faltado para ser perfecto? ¿Cojones? La filosofía de Tomás no es más que un instrumento de poder, y para tal instrumento, las mujeres son pecaminosas por naturaleza. Lujuriosas, se dijo Pedro.
–Veo que estás un poco turbado...
–No se de dónde sacas esas tonterías. ¿Turbado yo?
Pedro cruzó las piernas para disimular un poco la erección y relajar los músculos severamente excitados a causa de dos gotas de vino que viajaron voluptuosamente a través de los labios entreabiertos de Sofía. Si tan solo pudiera besarlos, o por lo menos tocarlos con la punta de los dedos... y sentir aquellos dientes nacarados... ¿Podría entonces decir “no” a Dios? La sonrisa de Sofía era divina. Sus dientes, su boca, su cuerpo completo eran ideales para el amor, para el sexo oral, para el sesenta y nueve y el noventa y seis, y el uno, el dos y el tres. La posición del misionero (esa araña de ocho patas que se desliza peligrosa y jadeante por la telaraña de las sábanas, y que se pica a sí misma, se autosodomiza y se penetra, un solo ser masturbándose bajo la luna) tenía que ser la favorita de Pedro. ¡Divina misión del Señor! El Cantar de los Cantares o el Kamasutra... ¡Ese es el dilema! Ser o no ser... la perfección última de los entes, el esse, el acto de ser, o se tiene o no se tiene, y si se tiene, entonces no es dilema. En todo caso, el problema radica en la siguiente cuestión: ¿de dónde demonios obtuvimos el ser? ¿La contingencia es la madre de la necesidad? ¿O a la inversa? El ser cuya esencia y esse se identifican no tiene mayor problema con la existencia. Pero para el hombre las cosas pueden ser mucho más complejas y desconcertantes. Dios debe estar muerto de risa a causa de los ridículos esfuerzos del hombre para conocerlo. Dios debe morirse de risa ante las miles y dispares interpretaciones, ante la sangre que brota en los enconos de los libros sagrados, ante los múltiples ritos que se practican a ratos y que dejan a los creyentes un tanto rotos al no saber cuáles son exactamente las rutas que los libren de convertirse en ratas. Muerto de risa. Un Dios muerto de risa.... ¡Se ha dicho muerto! ¡Vaya chiste divino! ¿Cómo podría estar Dios muerto? ¡Ni siquiera Nietzsche con toda una legión de filósofos alemanes podría hacerle cosquillas! Lo que es, es. Lo que no es, no es. ¿Acaso no es claro el principio de no-contradicción? ¿Cuál es entonces el dilema?
–Animal problemático...
–Animal investigador...
–Animal idólatra...
–Animal que reconoce su dependencia hacia el Ipsum Esse Subsistens...
–Animal traidor, depredador...
–El más perfecto entre los vivientes materiales...
–El más imperfecto de los seres espirituales...
Tenía razón Sofía respecto a la imperfección. La belleza de su cuerpo -y para el caso la belleza de los cuerpos de todas las mujeres y hombres bellos- era inversamente proporcional a la inmundicia de las funciones corporales. Justo ahí, en ese majestuoso y soberbio trasero se encontraba el escape de la pestilencia, el desagüe de lo superfluo. Detrás de aquella boca sagrada se hallaba el tubo que deglute los nutrientes y los conduce a la bolsa ácida. Los besos son la sublimación de las funciones digestivas, digestión al revés, cuerpo en forma de gas o de eructo que se niega a recorrer el tortuoso camino que comienza en la boca y escapa por el ano. La penetración anal es un supositorio de descomunal tamaño, un sello que crea el indescriptible vacío en el recto y en los intestinos, un tapón que deja en silencio a la serpiente que se aloja en el vientre. La serpiente de la boca inocula con furiosos besos el veneno a la serpiente de los intestinos. El amor de concupiscencia no deja de tener un aspecto casi necrófilo, sádico y masoquista. ¡Qué bellos son los cuerpos! ¡Qué horror sus funciones, sus excreciones, sus exorcismos materiales! ¡Cómo no iba a compadecerse el Creador ante tanta imperfección al grado de hacerse hombre para salvar al hombre! ¡Dejó irredentos a los ángeles rebeldes, en cuya naturaleza no tuvo intención el Padre de engendrarse! Los problemas de los ángeles son insignificantes si se los compara con los de la bestia racional. Debe haber algo muy especial en el hombre. ¿Tal vez la extraña combinación de sensibilidad y espiritualidad que lo convierte en un ser erótico? Los ángeles no podrían experimentar las delicias del sexo, pues para empezar carecen de él. ¡Lástima que lastima! Los ángeles no pueden ser eróticos. ¡Cómo imaginar el intercambio de fluidos y gases amorosos en las formas puras!
-El hombre es la criatura más cara a Dios.
-¿Más que los ángeles?
Pedro no respondió de inmediato. Antes de que sus labios pronunciaran “Sí, más que los ángeles”, pensó en Sofía. Ella, primero que nadie, hombres o ángeles, debía ser más cara a Dios.
-Sí, más que los ángeles.
-¿Cómo puedes saberlo?
-Dios se hizo hombre en Cristo, no ángel.
Si Cristo en vez de hombre se hubiese hecho ángel, ¿cómo diablos hubiera sido crucificado? El hombre es brutal, y por ello requirió mayor compasión. Esa pobre bestia ligeramente peluda, punto intermedio entre los ángeles menos perfectos y los primates, había sido una verdadera equivocación divina. Hasta Dios tiene que enmendar sus errores.
-En el hombre -dijo Pedro con cierta solemnidad- se reúnen las dimensiones espirituales y materiales. De ahí su riqueza y su indigencia…
Era la indigencia de Sofía lo que inquietaba a Pedro. Satanás tenía que ser bellísimo. El pobre hombre se sintió tentado. Sofía estaba muy cerca de él, casi olía el aroma de su piel, casi podía rozar sus manos y percibir su aliento en la cara. Se acercó tímido y temeroso. Le pareció que la mujer cedía y que lo llamaba con los ojos, con la mirada turca y los dientes nacarados, con la nariz ligeramente respingada y con los labios carnosos. Lo llamaba con ese par de senos atrapados detrás de la suave seda, le gritaba con los pezones erectos, con las axilas pobladas de vello, con el pubis, con el ombligo, con cada uno de sus lacios cabellos, negros y largos como la noche, negros y largos como el pecado, negros y largos como el placer. Pedro se estremeció y apretó las piernas en un intento infructuoso para doblegar su falo y contener la actividad de los testículos. Pero en realidad decir no a Sofía era como decir no a Dios. Moriré castrado, pensó aquel hombre convertido en parodia de sí mismo. Su sexo fue látigo que se deslizó como gusano entre sus calzones. Era una lombriz ciega que avanzaba lenta y constante a través del lodo de la vida. Era una oruga que se entumía y se estiraba a lo largo de un tallo mojado con el rocío de la virginidad y de la santidad, humedecido por las frescas gotas de la ternura, de la juventud, de la ignorancia y de la inocencia, gotas que no tienen cabida en su perverso mundo… ese mundo ordenado por un Dios que sólo es compatible con una pequeña parte de la humanidad… una parte que clama el monopolio absoluto de la verdad y de la salvación. El gusano avanzó carcomiendo la carne, lastimando y sodomizando el alma, ganando terreno en el prepucio imaginario de un cadáver, para deslizarse suavemente sobre el periné, internarse en el ano y salir finalmente por la boca putrefacta y rígida desde donde otros gusanos inician la peregrinación de ese circuito infernal que es la muerte, de ese ciclo maldito que termina con la reducción al absurdo de aquello que algún día estuvo animado. El gusano de su verga, peludo y circunciso, estuvo a punto de vencer las inhibiciones y el prejuicio. Pero él lo dominó. Sólo bastó abandonarse a Dios: moriré castrado, pero me salvaré. Perdiéndose un poco en sus tribulaciones, Pedro se distrajo y no se dio cuenta que Sofía se había acercado tanto que tenía la mano sobre una de sus piernas, que las demás extremidades estaban casi entrelazadas (los misioneros convertidos en arañas), que los labios estaban por unirse, y que las sierpes húmedas comenzaban la danza del amor, a punto de enroscarse y de lamerse. Al recobrar conciencia, el hombre apartó a la mujer. Ella cogió la copa y ensayó una sonrisa relajada, luciferina. Pedro se levantó con unos terribles deseos de orinar. La micción desaguando la existencia. En el cuarto de baño observó su miembro colgante. Lucía casto y triste. Sacó la navaja suiza (¡el papa y su guardia, válgame Dios!) y paseó la hoja metálica lentamente sobre el glande y la base. Los vellos quedaban atrapados por un momento, y luego, al liberarse, se erizaban como árboles que se mecen y bailan al son del huracán. El paso amenazante de la navaja produjo el efecto contrario: en vez de perder la erección, la verga adquirió una firmeza de piedra. El órgano estaba hecho para el placer. Pedro sintió una terrible rabia y se maldijo. Asustado por sus pensamientos, se dispuso a cercenar el miembro, pero el ángel con el que había estado cenando lo salvó:
-¿Te encuentras bien? -preguntó Sofía desde el otro lado de la puerta.
¡Qué clase de pregunta era esa!, pensó el hombre.
-Sí... me encuentro bien.
¡Qué clase de violación al principio de no-contradicción implicaba esa respuesta!
-Todos en la vida llegamos al necrófilo punto en que desearíamos herirnos el sexo- dijo Sofía.
¡Qué clase de afirmación era esa? ¿Acaso era vidente o adivinadora? Pedro no contestó. Jaló la cadena del váter, lo que de algún modo le quitó un peso de encima. Creyó que parte de sus iniquidades se habían ido al caño. Después de unos segundos salió con un halo de triunfo, con la satisfacción de quien ha vencido una resistencia, con la convicción más firme en sus ideas y, créase o no, con el falo en reposo. Entonces se dispuso a alabar a Dios y demostrarle a Sofía el orden del universo. Esa sería su última cena. Lo que no me mata me fortalece, dijo con una sonrisa en el rostro esbozada.

Sinopsis



Sinopsis

Sexo Bíblico es una colección de veintiún cuentos eróticos inspirados en pasajes de las Sagradas Escrituras y los Evangelios Gnósticos.
Una literatura antigua es viva en la medida en que hace sentido a lectores de otros tiempos, y en la medida en que sirve de fuente a otras generaciones. Sexo Bíblico intenta recrear conocidos pasajes de los textos judeo-cristianos, tanto de los que con el tiempo se consideraron canónicos, como de aquellos que fueron declarados apócrifos. Si bien el material que sirve de fuente a estos cuentos necesariamente supone erudición, el lector los encontrará amenos y sorprendentemente actuales.
Guardia Suiza relata las tribulaciones de un sacerdote frente al sexo. Levántate, vámonos recrea el conocido pasaje del Libro de los Jueces, en el cual una mujer es violada y luego es brutalmente asesinada y descuartizada por su marido. La ramera redimida narra la historia de Rajab, la prostituta que ayudó a los hebreos a conquistar Jericó. En El semen de la Luz, un hombre pone en práctica los extravagantes ritos de una conocida secta gnóstica del siglo III, que, entre otras cosas, seducía mujeres de la alta sociedad. A la vera del camino es una recreación llena de sexo y mordaz ironía de la conocida historia de Onán, Tamar y Judá, en la que la masturbación, el coitus interruptus y el incesto son el denominador común. El amor ciega es la confesión de un Sansón a punto de aniquilar a los filisteos; el héroe rememora la pasión que sintió por Dalila y lamenta la horrible traición.
Simón, el Mago, es un cuento basado en el conocido pasaje de los Hechos de los Apóstoles, en el que un iluminado pretende comprar a Pedro el Don del Espíritu Santo. En La Cueva de la soledad, las hijas de Lot empiezan a inquietarse ante la falta de sexo. En La oveja robada, Betsabé despierta una pasión desmedida en David, pasión que lo lleva a cometer una monstruosa injusticia. Serpientes en los árboles es un relato circular y alucinado, que recoge diversas doctrinas gnósticas y que pretende ser una metáfora del alma humana, la sabiduría, la lujuria, la religiosidad y la inestable relación entre fe y razón. El incesto y la violencia son los protagonistas de El hombre que enfermó de amor, cuento que recrea la tragedia de Tamar, hija de David, violada por su propio hermano.
La desaparición es un relato verdaderamente horrible y siniestro que intenta expresar la soberbia, pecado que conduce al hombre a la necrofilia y a la alucinación. El amor de un anciano por una adolescente –relación que hoy en día no dudaríamos en calificar de pedófila– es el tema de Fantasías seniles. Pedro Abelardo es el protagonista principal de Crono y Urano. El profesor de París recuerda sus amores con Eloísa y se prepara a enfrentar una acusación de herejía incoada por el temible Bernardo de Claraval. El hombre que perdió la cabeza es la historia de la irresistible seducción que sufrió Holofernes a casusa de Judith. Mujer anhelante, siervo arrepentido da cuenta de la incontrolable pasión que José encendió en la esposa de su amo.
Del instrumento sodomizador y otros fetiches es una metáfora: dos amantes, uno sádico y otro masoquista, simbolizan las más extravagantes ideas gnósticas. La coscoja y el lentisco es una recreación literaria, de final inesperado, del conocido pasaje del Libro de Daniel en el que Susana desnuda es sorprendida por dos ancianos lujuriosos. En El orden del universo, un triángulo amoroso representa el conflicto entre fanatismo ortodoxo y herejía. La cena de los locos es un chiste que tiene como actores a diversos papas, reyes, estadistas, criminales de guerra y místicos, entre los que destacan Lutero, Pío XII, Hitler, Gregorio VII, y muchos más. Finalmente, El desierto del alma es un cuento basado en el Libro de Oseas, en el que la relación entre Yahvé y su pueblo es simbolizada por el adulterio que comete Gómar: así como la esposa del profeta es una adúltera, así Israel no puede ser fiel a su señor.
Sexo Bíblico. Derechos Reservados.

Bienvenidos a Sexo Bíblico.

He presentado mi libro Sexo Bíblico a diversas editoriales y aún no he logrado su publicación. Afortunadamente existen los blogs. Sean bienvenidos y disfruten estos relatos eróticos inspirados en pasajes de las Sagradas Escrituras y los evangelios gnósticos. Algunos de ustedes los encontrarán irreverentes, pero, créanme, todos los disfrutarán.
Por favor, sigan este blog y recomiéndenlo a sus amigos. Y si tienen un editor, no duden en referirme.
V. Rex